Cansada

Chica de espaldas con la cabeza baja
© Pixabay

Buscamos en el exterior lo que no encontramos en nosotros mismos. Necesitamos estímulos que nos recuerden que existimos, que nos hagan alejarnos del caos y el estrés de nuestra realidad. Sentir demasiado para, en realidad, adormecernos.

Luces, colores, brillos, pantallas, lecturas, conversaciones, monólogos… Infinitas formas de desconectar. Siempre de una página a otra. De una serie a otra, de una película a la siguiente. Huyendo del tiempo libre. Siempre con una actividad pendiente, algo para después. Llenando todo el espacio hasta que ya casi el vacío se deje de notar.

Parecemos creer que si consumimos lo suficiente el resto dejará de existir. Basamos nuestra fuerza en nuestra capacidad de pasar por encima. Enterramos el dolor lo suficiente hondo para que ya ni parezca estar ahí. Olvidarlo y esconderlo para poder continuar con nuestro sucedáneo de vida.

Cada minuto se convierte en un simulacro de la realidad. En una alternativa en la que la sobreocupación trata de liberarnos. Esclavos de la necesidad de superarlo y poder continuar porque no nos dejan tiempo para sanar. No nos damos el permiso de estar mal porque la sociedad no espera por nadie. Acabamos convenciéndonos de que si no estamos hoy puede que ya mañana no tengamos la oportunidad.

La urgencia de avanzar libra una guerra con la necesidad de un descanso que permita la recuperación. Estamos a medias por el simple hecho de estar. Incapaces de aprovechar nuestras habilidades, de reforzarlas o ni siquiera recordarlas. Estoy agotada.

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